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Mostrando las entradas de septiembre, 2009

Apartamento # 4

Una mujer es la que se muda. Deja la sal, el estante con polvo y apenas algo de su aliento. Una mujer es la que saca las maletas, pide un taxi y en una copa vacía toma los últimos pasos de su casa. Todo lo que mira inicia en la lluvia, se descompone lentamente, marca los apartados de su historia. Una mujer es la que paga al servicio de limpieza para que no quede nada de su pasado. Una mujer y su espera, una mujer y sus días, una mujer y la mayor parte del olvido.
Una mujer es la que se muda: ya no sabré en cual dirección se termina el aire.

Bajo Cero

Ella intenta la palabra nunca y se congelan las valijas con su ropa; cada pieza de lencería se empalidece como el frió, el aire, los montacargas.
No vuelve y no se acuerda. No existe y es en todo momento otra que se padece a si misma. Ella desde el fondo de las despedidas, las pastillas contra el mareo, las hojas con filo de los calendarios. Un día tiene una dirección diferente y tres kilos de más en su cuerpo. Ella intenta la palabra nunca y conoce de golpe la temperatura exacta de los icebergs.

33 000 pies

El aire espera. Espera porque tiene el cuerpo de un pájaro. Ella misma espera porque está en el aire. Desde acá las nubes no tienen forma y es como si atravesára algo que solo desde tierra supiéramos que existe. Y es que el aire es toda la espera que se acumula en el cielo.

Retrato con otro

Yo podría ser el hombre dentro del marco de la fotografía; posando de forma correcta y manteniendo el peso adecuado para no sufrir insuficiencias cardiacas. Dejaría el andar encorvado, el azúcar como un depositario de las horas, la razón por la que no me rasuro para acariciar mi hombría. Yo podría ser el hombre que envidian las desconocidas y que nunca fuma en presencia de sus hijos. El de la manzana de adan marcada, que corre de madrugada y lava los platos después de los alimentos. De saco, trabajo estable y barbería. El que posa con cinturón negro y mirada fija. Yo podría ser el hombre dentro del marco de la fotografía: el que nunca duda, el que no llora en secreto. El que no es ausente dentro de esas manos.

Afonía

Dejame escuchar mi nombre como la nada. Mi nombre apretado entre los dientes, acabado por la falta de aire, en espera con el silencio. Dejame escuchar mi nombre como si fuera algo que nos doliera. Mi nombre en ningún segundo, como un escalofrió. Dejame escuchar mi nombre mientras camino y sea solo el viento el que me llame.

Correo Aéreo

Nosotros y el tedio, sumergidos en el aire para intuir nuestro ahogo. Nosotros en el baño con el agua hasta los tobillos, en los armarios en desorden, en las ventanas que nunca cierran del todo. Nosotros a tres, cinco pasos de las puertas, lubricando el tele noticiario y pasando del insomnio gimiendo y tocando; hechos en el frío de las fricciones que se apagan. Nosotros en las fotos amarillas, en ciudades separadas, en la llamada inútil para conciliarse con la pena. Nosotros y el miedo. Migrando de boca, arruinando la piel, besados en el llanto. Nosotros y esos tantos kilómetros de distancia que sirven para pronunciarnos.

Movilidad

Que no te aten los pies nunca. Un salto es solo eso, una migración completa del suelo a la nada del aire. Que prefirás correr antes que la silla o la botella de plástico con agua de supermercado. Que sigás tu gira hasta que se acabe el pavimento, o los aviones, o la forma invisible de las nubes. La velocidad es propia de los organismos que sienten la necesidad de confirmar sus movimientos. Que nunca incorporés a la vida un mecanismo diseñado para atormentarte; todo lo pasado queda al margen de lo que se forma en los parpados. Se suficiente con las manos, se precisa con los labios, se exacta como el ventrículo izquierdo de un paso. Que tu boca no vuelva a decir adiós, o hasta luego. Que estés ausente de las cosas detenidas. Que no te impidan marchar nunca. Que seas siempre la misma pero en otra atmósfera.

La Culpa

Es necesario este dolor. Los lanza llamas que existen entre mi pelvis y los vacíos. Es necesaria la ventana estando cerrada, porque del otro mundo y la otra cama preciso mis propios brazos en cruz. Es este dolor un recuento que gime en concordancia con los aviones desplegados en el océano. Una especie que ha resucitado de las cenizas de otra. Es necesario como decir: hoy encuentro mi ombligo dos centímetros más abajo y no me hace gracia. Es necesario este dolor que se precipita en las hojas del calendario que marco en setiembre. Las estaciones solo se concilian con mi pecho para detallar lo que he perdido. Es necesario este dolor. La forma en que los dientes mutilan cada aliento. El aire que se cita con la vida apenas para que exista. Son necesarios los adivinos en el transito con el frío, en el sudor que se parece al miedo, en la sábana sin perfil que calca al abandono. Es necesario este dolor. Es necesario y es eterno, es pobre y me acusa de provocarlo.