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Noche estrellada

Quisimos volver
pero ya no hay nada
a lo que volver,
nadie nos espera.

No encontramos las marcas en el suelo donde nuestra casa tuvo su sitio.

Nada de la diminuta ropa intima
secándose en este lugar desolado.

Somos apenas
figuras en el paisaje
que levantan paredes en el vacío,
gemidos en el silencio.

Quisimos volver ya muy tarde.
Tampoco somos los mismos;

esto que pensamos
es amor
también lo sentimos
ajeno.
Entradas recientes

Empuje hidrostático

El sol al mediodía
es un punto de luz absurdo.
La superficie del agua se calienta.
Casi no podés mantener abiertos los ojos,
en tus parpados habita
una mancha incandescente.

Te mantenés a flote.
Sobrellevás el paso del tiempo
ensimismado en tus otros sentidos.
No sabés si eso es suficiente
para construir una realidad.
Partes de tu cuerpo
emergen y se sumergen en el mar.

Es así que escuchás algo
muy, muy lejano.

Un grito
de alguien que al igual que vos
se está ahogando.



En la mitad del océano

La cima de tu cabeza
se puebla de figuras míticas.
Cada una te sirve
para explicarte todo aquello
que no entendés del mundo.

Un rayo cae
y tu cuerpo se encorva;
le pertenecés a lo desconocido
y al miedo.

Tocás una piedra
a la que has dado forma.

-No soy nada. (Es verdad)

-Ten piedad de mi.
La reverencia acaba.

Ya no temblás.
Ya no te preguntás
qué es ese brillo
en mitad de la noche.

La cima de tu cabeza
flota sobre el agua.

Vas a la deriva
en la mitad del océano.


El nacimiento de una isla

Tus pasos te llevan.
Ha pasado la peor parte del día; el calor ha bajado
y ya no sentís esa presión
en la parte del cráneo.

Al lado el mar, tu sombra,
miles de pedazos de plástico enterrados en la arena.

Se forma el horizonte a tus pies; las huellas en el agua turban el reflejo del cielo. 
Te detenés esperando
que se vuelven a concretar sus nubes,
un pájaro, dos o tres montañas oscuras.
La marea sube
hasta que el pájaro
hace un nido en tu cabeza.

Sos la isla       y     nada   importa.

Fobos

Tal vez te acostumbraste a vivir
cerca de los aeropuertos,
dentro de su incertidumbre horaria
y el rango de contagio a ciertas enfermedades
que no saben nada del control de aduanas.
Te hiciste por dentro con el murmullo de las turbinas,
y ese motor lo has confundido siempre
con el dolor, malsano,
que además se ha hecho uno
con las cardiopatías que te inventás
al dormir con frío y sin compañía.
Tal vez te acostumbraste a la vibración
en los cristales de esta casa.
A mirar con desconfianza a los turistas
que te piden direcciones en un idioma extraño.
A no ser vos la persona en la sala de espera,
que pasa las hojas de su pasaporte para deletrear
cada país que ha visitado en los últimos 6 años.
Tal vez ahora cerrás los ojos y escuchás una explosión propagarse por la troposfera. Te sorprendés, inmóvil, sin intentar despegar
tus parpados. Atento a ese raro silencio. En las paredes, los muebles, los vasos de agua. Es un tipo de calma que nunca había
existido en tu vida.

Algo se rompe …

Golden record

nuestra existencia se disipa en el cluster número doscientosytantos una supernova nos manda su afecto
más rápido que la luz

y nosotros

lanzamos un par de bombas atómicas sobre pueblos llenos de civiles 500 metros sobre una cancha de tenis, a medio camino entre un arsenal y una fábrica de acero

necesarias como el plástico residual en los estómagos de las ballenas
o la epidemia de sífilis provocada a esas mujeres guatemaltecas
debimos dejar precisos los monumentos de esta estupidez
la extinción diaria de 150 tipos de animales las emisiones contaminantes de los volkswagens los pastores y los que pagan su diezmo a cambio de sus promesas los pedófilos que durante décadas ocultó la iglesia católica apostólica y romana
porque los discos dorados en el voyager 1 sus 56 saludos en distintos idiomas y toda nuestra música son de un tipo de ficción que esta especie extinta no se merece

Negación posmo

Todo esto ya lo sabés, alguien lo repitió en una fiesta y se quedo instalado en el fondo de tu cabeza. Primero, practicaste la duda de manera casual. Nada, ningún conflicto saltó en la noche estrellada de tu mente. Luego, verificaste. Una búsqueda, un registro electrónico y la confirmación digital en una pantalla azul. Todo esto ya lo sabés, porque alguien lo volvió a decir en el autobús, de camino al trabajo. Ya no te sudan las manos, ya no te sentís el ignorante del transporte público aunque es lo mínimo a que muchos podemos aspirar. ¿Qué hacés? Nada. Cosechar espinos y poblar ese rincón de otras ideas que no te sean de gran conflicto. Evadir, llenando esa evasión de placeres culposos; andá, prepará el café con otra cucharada de azúcar, andá, poné otro capitulo de cualquier serie que te haga olvidarte de tu existencia, andá, dormí el sueño de los caídos y los tibios. Todo esto ya lo sabés, y la tercera que es además la vencida, es una mañana cuando tenés poco por ha…