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La isla que desaparece

Te quedás sin nada
porque nada nunca
ha sido tuyo.
Flotás en la superficie sobre el reflejo del cielo.
No queda nada de vos
y ahí seguís

vacío.
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Bandas elásticas de pelo

Abrís la llave.
Te apartás a la espera
de la resistencia
mientras te desnudás.
Cerrás esa suerte de puerta
transparente que te separa del baño.
Y te dejás bajo la ducha,
que está calentando, apenas.
El agua baja por tu cara
y te hace mantener los ojos entreabiertos.
Una de tus manos busca la llave,
disminuye la intensidad un poco
para que esa resistencia funcione.
Pero encontrás algo escondido,
apartado del mundo por mucho tiempo.
El vapor empaña lentamente
los reflejos en este cuarto blanco,
en este momento en el que
sabés qué es eso que tocás
como si fuera otra persona
bajo el agua ya caliente. Otra persona dividida
en tu memoria por la distancia,
el paso de los años, el silencio.
Te apartás a la espera
de una resistencia.
Dos cuerpos desnudos
tiemblan por culpa de otro tipo de frío y son disueltos
por la humedad
en el ambiente.


Noche estrellada

Quisimos volver
pero ya no hay nada
a lo que volver,
nadie nos espera.

No encontramos las marcas en el suelo donde nuestra casa tuvo su sitio.

Nada de la diminuta ropa intima
secándose en este lugar desolado.

Somos apenas
figuras en el paisaje
que levantan paredes en el vacío,
gemidos en el silencio.

Quisimos volver ya muy tarde.
Tampoco somos los mismos;

esto que pensamos
es amor
también lo sentimos
ajeno.

Empuje hidrostático

El sol al mediodía
es un punto de luz absurdo.
La superficie del agua se calienta.
Casi no podés mantener abiertos los ojos,
en tus parpados habita
una mancha incandescente.

Te mantenés a flote.
Sobrellevás el paso del tiempo
ensimismado en tus otros sentidos.
No sabés si eso es suficiente
para construir una realidad.
Partes de tu cuerpo
emergen y se sumergen en el mar.

Es así que escuchás algo
muy, muy lejano.

Un grito
de alguien que al igual que vos
se está ahogando.



En la mitad del océano

La cima de tu cabeza
se puebla de figuras míticas.
Cada una te sirve
para explicarte todo aquello
que no entendés del mundo.

Un rayo cae
y tu cuerpo se encorva;
le pertenecés a lo desconocido
y al miedo.

Tocás una piedra
a la que has dado forma.

-No soy nada. (Es verdad)

-Ten piedad de mi.
La reverencia acaba.

Ya no temblás.
Ya no te preguntás
qué es ese brillo
en mitad de la noche.

La cima de tu cabeza
flota sobre el agua.

Vas a la deriva
en la mitad del océano.


El nacimiento de una isla

Tus pasos te llevan.
Ha pasado la peor parte del día; el calor ha bajado
y ya no sentís esa presión
en la parte del cráneo.

Al lado el mar, tu sombra,
miles de pedazos de plástico enterrados en la arena.

Se forma el horizonte a tus pies; las huellas en el agua turban el reflejo del cielo. 
Te detenés esperando
que se vuelven a concretar sus nubes,
un pájaro, dos o tres montañas oscuras.
La marea sube
hasta que el pájaro
hace un nido en tu cabeza.

Sos la isla       y     nada   importa.

Fobos

Tal vez te acostumbraste a vivir
cerca de los aeropuertos,
dentro de su incertidumbre horaria
y el rango de contagio a ciertas enfermedades
que no saben nada del control de aduanas.
Te hiciste por dentro con el murmullo de las turbinas,
y ese motor lo has confundido siempre
con el dolor, malsano,
que además se ha hecho uno
con las cardiopatías que te inventás
al dormir con frío y sin compañía.
Tal vez te acostumbraste a la vibración
en los cristales de esta casa.
A mirar con desconfianza a los turistas
que te piden direcciones en un idioma extraño.
A no ser vos la persona en la sala de espera,
que pasa las hojas de su pasaporte para deletrear
cada país que ha visitado en los últimos 6 años.
Tal vez ahora cerrás los ojos y escuchás una explosión propagarse por la troposfera. Te sorprendés, inmóvil, sin intentar despegar
tus parpados. Atento a ese raro silencio. En las paredes, los muebles, los vasos de agua. Es un tipo de calma que nunca había
existido en tu vida.

Algo se rompe …