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Mostrando las entradas de julio, 2013

Aeropuerto en Newark

(nuestros muertos)

Te sentás en una mesita. No pensás, no  dejás que te afecte.
Pero del borde algo se cae y desaparece en la alfombra
que pisan los extraños, dos, tres mil días al año.
Cojés el café, ese agua rancia para ser exacto
y flota en su aire un ardor expansivo por tu pecho.
Te levantás de la mesa. Dejás de pensar.
En esas grandes ventanas descubrís todo cubierto de nieve
y empezás a escuchar a todas esas personas en transito,
intercalando países, desconociéndose mutuamente
hasta que llegan a una casa que hacen propia con el pasar del tiempo.
Ves en ese pensamiento una familia
al fondo de un pasadizo en otro aeropuerto más pequeño.

Casi nadie llora,
solos vos y un hombre,
otro extraño.

El recoge una billetera
de una alfombra
y adivina
en una de sus fotografías
a otra familia
que también se encoge
con el pasar del tiempo.

Caer bajo la noche

Alguien que grita es sobretodo, una capa de nervios deslizándose por la noche. Eso que escuchás y que te toca desde los extremos de la oscuridad es algo roto, sin rostro, con la voz deforme pasando por una garganta.
Un grito hace eco dentro de cualquier cuerpo; por eso temblás y muy dentro de vos, el grito se repite en el escalofrío que se revuelca por la espalda, la cama, el vidrio de las ventanas. Mirás hacia la nada, bajás las cortinas, llevás al silencio a otra parte.
Pero alguien que grita, que vuelve a gritar y que se ahoga en su propio grito hasta callarse es,
por sobre todas las cosas, alguien que se desliza por la noche hasta romperla.