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Uróboros


Aquí para abrirnos los ojos
Sólo las cenizas se mueven.
Paul Eluard




El viento la trae. La ceniza viene de todo lugar.
Pasás un dedo y dejás en el mueble, un camino. No va
a ningún lado. No significa nada. Luego los días lo tapan
con otra capa oscura. Pero yo siempre sabré el lugar,
la exactitud de tu índice, el trazo en la cocina.
Despertaré en otra década por culpa de la fricción
que genera esa marca. Escucharé tu risa, el portón de
esta casa y el ladrido de los perros. El viento te traerá
y te desvanecerás justo en la puerta.
Qué hago con esa ceniza, qué hago si es interminable
y viene de todo lugar en el que ya no estás.

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El nacimiento de una isla

Tus pasos te llevan.
Ha pasado la peor parte del día; el calor ha bajado
y ya no sentís esa presión
en la parte del cráneo.

Al lado el mar, tu sombra,
miles de pedazos de plástico enterrados en la arena.

Se forma el horizonte a tus pies; las huellas en el agua turban el reflejo del cielo. 
Te detenés esperando
que se vuelven a concretar sus nubes,
un pájaro, dos o tres montañas oscuras.
La marea sube
hasta que el pájaro
hace un nido en tu cabeza.

Sos la isla       y     nada   importa.

La isla que desaparece

Te quedás sin nada
porque nada nunca
ha sido tuyo.
Flotás en la superficie sobre el reflejo del cielo.
No queda nada de vos
y ahí seguís

vacío.

Empuje hidrostático

El sol al mediodía
es un punto de luz absurdo.
La superficie del agua se calienta.
Casi no podés mantener abiertos los ojos,
en tus parpados habita
una mancha incandescente.

Te mantenés a flote.
Sobrellevás el paso del tiempo
ensimismado en tus otros sentidos.
No sabés si eso es suficiente
para construir una realidad.
Partes de tu cuerpo
emergen y se sumergen en el mar.

Es así que escuchás algo
muy, muy lejano.

Un grito
de alguien que al igual que vos
se está ahogando.