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La niña




Hace frio y estamos solos.
Llueve y la música en el cielo raso
la escuchamos en el vacío del cuarto.
Hace frio y estamos solos.
Atados a una almohada, recorriendo
de memoria los cuerpos ausentes
que en el pasado siguen intactos.
Hace frio y estamos solos,
cada uno en su trópico,
cada uno con su manera de aceptar
que hace frio y estamos tan solos,
quebrantados, heridos, indefensos.
Es esta una nueva forma de ahogo
del que apenas salimos con vida.
Hace frio y estar solos es lo que
menos importa.
Porque este maldito frio
y su tempestad son solo excusas
para compadecernos
profundamente.

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El nacimiento de una isla

Tus pasos te llevan.
Ha pasado la peor parte del día; el calor ha bajado
y ya no sentís esa presión
en la parte del cráneo.

Al lado el mar, tu sombra,
miles de pedazos de plástico enterrados en la arena.

Se forma el horizonte a tus pies; las huellas en el agua turban el reflejo del cielo. 
Te detenés esperando
que se vuelven a concretar sus nubes,
un pájaro, dos o tres montañas oscuras.
La marea sube
hasta que el pájaro
hace un nido en tu cabeza.

Sos la isla       y     nada   importa.

La isla que desaparece

Te quedás sin nada
porque nada nunca
ha sido tuyo.
Flotás en la superficie sobre el reflejo del cielo.
No queda nada de vos
y ahí seguís

vacío.

Empuje hidrostático

El sol al mediodía
es un punto de luz absurdo.
La superficie del agua se calienta.
Casi no podés mantener abiertos los ojos,
en tus parpados habita
una mancha incandescente.

Te mantenés a flote.
Sobrellevás el paso del tiempo
ensimismado en tus otros sentidos.
No sabés si eso es suficiente
para construir una realidad.
Partes de tu cuerpo
emergen y se sumergen en el mar.

Es así que escuchás algo
muy, muy lejano.

Un grito
de alguien que al igual que vos
se está ahogando.