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San Rafael, 3 a.m.


Una hoja de papel se quema, se escapa, rueda por la calle. Un taxista grita a la señora del quiosco improvisado regañándola por su derroche de recursos. Todos reímos. Veinte metros mas tarde son cenizas lo que se extiende por el asfalto. Trescientos colones por el café, un tanto mas por el pastelillo de papa. La señora entre bromas, explica que se le habían acabado los fósforos, que solo improvisaba; que ya esta por irse. Bajando las gradas, de regreso al hospital es como si el incidente cobrara más importancia que la trasnochada que cargamos. O que la persona adentro vigilada por los doctores. Una forma de olvidarse de los verdaderos problemas y remplazarlos por cotidianeidades de una ciudad con un gran hospital nuevo. Los vendedores ambulantes, al fin de cuentas, son una especie de salvamento. Mas allá de la tarifa y el servicio. Mas allá de que cinco minutos en la sala de espera nos regrese a la misma preocupación anterior y que con los demás presentes compartamos la madrugada.

Cuando son las tres de la mañana en un hospital, uno es un poco como esa hoja que se quema, a veinte metros de todo.

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Cuartos casi vacíos

vas a comprar una cama estrecha
para quién se acueste en ella
tenga que tenerte cerca

tener solo una sábana una cobija
para que sea la noche
y sea el frío
comprar una cama estrecha
de la que no puedan
levantarse
ni escapar

hoy
vas a dormir e imaginarlo

directo en las lozas           que son lo más cercano
          que estás de la tierra

su cuerpo late en algún lugar
y lo escuchás
vas a comprar una cama estrecha
para que se acerque y sea la noche pero ya no más este inmenso e insoportable frío

La paradoja de Schrödinger

Si las corrés, las cortinas,
van a pasar 10 años; flacos, alegres, cortos. La sucesión de estaciones
llenas de lluvia, y el frío y la sequía.
Vas a ser otra persona
y con una foto diferente
en todos los documentos personales.

No te reconocerías
pensando lo mismo que ahora:

no he pagado los recibos,
tengo que adoptar un gato
y si no abro la cortina, puedo ignorar si es de mañana

tal vez
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Holoceno

No hay nada
después de matar
a un animal.
De qué te sirve vos
la certeza de su cuerpo que se suspende sobre la inmortalidad;

ese tiempo
detenido
en sus peores horas.

La sangre, el vacío dentro de unos ojos,
el olor a pólvora.

No hay nada
pero temblás;

ya no te podrás salvar
nunca.