Ir al contenido principal

Los 68 años de mi abuelo

Frente a la casa
alguien tiró un rompecabezas,
no sé por qué me recordó a la muerte.
Estaba fuera de su caja, en la acera,
todas sus piezas esparcidas por los peatones.
Traté de encontrar cuál era su imagen.
No quise levantar nada, ni ensuciarme las manos.
Con el pie empujé por uno de sus costados
y la mujer del supermercado salió
a mirar lo que estaba sucendiendo.
Seguí directo a la parada
del autobús. Preguntándome
cómo sería, cuánto tiempo llevará
en el suelo, quién tendría el valor
de volver a armarlo.
Entonces me llegó un dolor fuerte,
un dolor sordo.
Por fin todo encajaba.
El vacío, el temblor en mis manos,
la humedad en el ambiente.

Comentarios

Amanda dijo…
Ay nooo, que fuerte Will, las imágenes y el dolor... La pérdida de mi abuelito marcó un antes y un después de mi concepción de mundo, por lo que leerte hoy fue un bombaso.

Entradas más populares de este blog

Cuartos casi vacíos

vas a comprar una cama estrecha
para quién se acueste en ella
tenga que tenerte cerca

tener solo una sábana una cobija
para que sea la noche
y sea el frío
comprar una cama estrecha
de la que no puedan
levantarse
ni escapar

hoy
vas a dormir e imaginarlo

directo en las lozas           que son lo más cercano
          que estás de la tierra

su cuerpo late en algún lugar
y lo escuchás
vas a comprar una cama estrecha
para que se acerque y sea la noche pero ya no más este inmenso e insoportable frío

La paradoja de Schrödinger

Si las corrés, las cortinas,
van a pasar 10 años; flacos, alegres, cortos. La sucesión de estaciones
llenas de lluvia, y el frío y la sequía.
Vas a ser otra persona
y con una foto diferente
en todos los documentos personales.

No te reconocerías
pensando lo mismo que ahora:

no he pagado los recibos,
tengo que adoptar un gato
y si no abro la cortina, puedo ignorar si es de mañana

tal vez
diez minutos más.

I Put A Spell On You

la versión de Nina
Deseás ser la pausa en su respiración.
La vibración de sus vasos sanguíneos. El nombre que muerde y calla.
El nombre quieto en su memoria.
Deseás que venga y te deje repetir su nombre
por la pura inercia del ambiente.

Y la deseás.
Es ese el peso de su nombre. Vos mismo se lo has dado.

Te absorbe.
Y la deseás.

Más allá de ella misma.
Más allá de lo que vos sos.

Esta espera es lo único que existe.

Y tu deseo.