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Alamar

Son pocas las películas que parecen llegarnos como un recuerdo propio; una especie de imagen de nuestra vida interpretada por diferentes personajes. Son pocas porque un film así, no pretende llenar una pantalla con efectos y explosiones o decálogos meta narrativos; un film así tiene una intención más honesta y clara: emocionar a su espectador y hacerlo parte de su historia.
En “Alamar” (2009) largometraje que compartió con “Agua Fria de Mar “de Paz Fabrega el premio Tiger Award del festival internacional de Rotterdam, somos parte de un viaje; específicamente el ultimo viaje que harán Natan, un niño de 5 años y su padre Jorge, antes de que el pequeño regrese con su madre a Italia. Los dos irán junto a su abuelo, un pescador artesanal mexicano, a reafirmar los lazos que los unen y que pronto serán puestos a prueba por la distancia.
La película transgrede los límites de la ficción y el documental, introduciendo un conflicto inexistente en personajes reales que antes de actuar recrean su propia historia. Su director Pedro González-Rubio, intenta dejar claro de que nos encontramos ante una pieza documental: cámara en mano, documentos propios de los personajes (nos introduce a la historia con fotos y videos del padre y la madre cuando estaban juntos), ausencia de música extradiegética y por momentos los mismos interpretes tienen conciencia de la grabación y hablan hacia la pantalla. Lejos de sacarnos de la narración, este guiño nos reafirma la autenticidad de la sucesión de situaciones que presenciamos.
Alamar es de un tipo de cine que puede emocionarte profundamente al igual que aburrirte. No es del acostumbrado por el espectador, por falta de emociones superficiales y sensaciones sobresaturadas. Alamar es por eso mas cercano a una película-recuerdo, una película-memoria. Personalmente cuando la terminé acabé confundiendo a mi abuelo con el abuelo de Natan, sintiéndome felizmente interpretado; de alguna forma había vuelto a vivir un par de horas en la infancia.

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