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Música para Dormir

Hay algo en la música de los autos cuando pasan; una reiteración del ruido que convierte la carretera en algo propio. Cuando uno se ha acostumbrado a esa vibración se escucha la noche de una manera diferente. Porque solo de noche, con la casa quieta, es que formalmente apreciamos el ritmo ajeno a nosotros mismos.
En Dulce Nombre de Alajuela, el lugar donde vivo, existen dos caminos cercanos a la población que son muy concurridos: la autopista y la carretera que conecta La Garita con el Barrio San José. Aunque una sea la vía principal que permite el paso sin internarse por Alajuela; la otra, muchas veces es tomada por los camiones y viajantes que en ciertos días se ahorran las presas de la otra ruta. Este fenómeno convierte al asfalto en un instrumento sonoro, accionado por las miles de máquinas al pasar.
Desde la ventana de cualquier cuarto; lo que se integra para articular la atmósfera es el rugido del combustible quemándose, una radio encendida y la conversación entre los pasajeros. Una atmósfera que, en mi caso, he vivido por veinticuatro años. Habituado a esos sonidos, desconozco los elementos que posibilitan la costumbre; no sabré ni uno solo de los nombres de las personas que pasaron con su auto frente a mi casa, ni siquiera que canción reproducían en el dial. Ellos completan su viaje y yo mi jornada: ignorando las costuras que hacen posible la rutina.


William Eduarte para La Nación

Comentarios

lucho dijo…
Esta muy bien. Es gracioso cuando estas habituado el ruido de los carros y salis de San Jose... de verdad es como oir el vacio jaja.
silvia piranesi dijo…
qué buena frase final.

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Golden record

nuestra existencia se disipa en el cluster número doscientosytantos una supernova nos manda su afecto
más rápido que la luz

y nosotros

lanzamos un par de bombas atómicas sobre pueblos llenos de civiles 500 metros sobre una cancha de tenis, a medio camino entre un arsenal y una fábrica de acero

necesarias como el plástico residual en los estómagos de las ballenas
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Agua de río / agua de mar

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La orilla empieza a ser corta,
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Mirá tus pies,
el agua toca
tus dedos.
Mar adentro
la sal se mezcla
con la tierra;
lo sabés con la boca,
lo sentís en el cuerpo. Recordaste algo
que te duele.
Cae la lluvia río arriba.

El mar
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Fobos

Tal vez te acostumbraste a vivir
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dentro de su incertidumbre horaria
y el rango de contagio a ciertas enfermedades
que no saben nada del control de aduanas.
Te hiciste por dentro con el murmullo de las turbinas,
y ese motor lo has confundido siempre
con el dolor, malsano,
que además se ha hecho uno
con las cardiopatías que te inventás
al dormir con frío y sin compañía.
Tal vez te acostumbraste a la vibración
en los cristales de esta casa.
A mirar con desconfianza a los turistas
que te piden direcciones en un idioma extraño.
A no ser vos la persona en la sala de espera,
que pasa las hojas de su pasaporte para deletrear
cada país que ha visitado en los últimos 6 años.
Tal vez ahora cerrás los ojos y escuchás una explosión propagarse por la troposfera. Te sorprendés, inmóvil, sin intentar despegar
tus parpados. Atento a ese raro silencio. En las paredes, los muebles, los vasos de agua. Es un tipo de calma que nunca había
existido en tu vida.

Algo se rompe …